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Pasillo de recuerdos

Por: Nicolás Camilo Velandia Botero

Eran las 7:25 de la mañana: de repente Marco Elías Sabogal empezó a ver cómo su oficina se oscurecía, y se llenaba de un polvo oscuro parecido a la ceniza. Las lámparas, así como pedazos del techo, empezaron a caer; antes de reaccionar se dio cuenta que no podía escuchar y que tenía un pitido agudo y constante en los oídos. Su reacción al ver que el mundo se desmoronaba a su alrededor fue esconderse debajo de su puesto de trabajo, que muy posiblemente le salvó la vida, pues el escritorio lo cubrió de la arremetida de los escombros.

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Minutos después, todavía desorientado y con el incesante pitido en los oídos, salió de su refugio para darse cuenta que sus subordinados, que en el momento del incidente estaban en su oficina, ya no lo acompañaban: se encontraba completamente solo. Al salir de su oficina se encontró con un panorama que no duda en denominar como de película de guerra: había muertos en los pasillos, personas aplastadas por las paredes de concreto, así como dedos y manos aprisionadas por las paredes derrumbadas.

Si, era 6 de diciembre de 1989, y el incidente es el bombazo del DAS. Para entonces Sabogal tenía el cargo de jefe de la sección de policía judicial. Esa mañana, como era su rutina, había llegado a su oficina como todos los días para iniciar su turno a las 7 de la mañana. Se disponía a llamar lista y a repartir las responsabilidades entre los miembros de su unidad de trabajo, cuarenta personas reunidas en su oficina, pero a las 7:25 se escuchó el estruendo: en ese momento supo que los rumores según los cuales el Cartel de Medellín atacaría a la institución con una bomba se convirtieron en realidad.

Cuando pudo salir del edificio se encontró con una realidad abrumadora: el edificio donde trabajaba había sido atacado por una bomba de 500 kilos de explosivo dispuesta en un bus. En estado de shock una vez en la calle, su primer pensamiento fue su vehículo: “¡mi carro!” “El día anterior lo había sacado del taller, lo había dejado como nuevo, recién pintado”. 

Fue corriendo al parqueadero en frente del edificio donde lo había dejado parqueado. En su carrera pasó por encima de heridos y muertos, y cuando llegó a donde estaba su carro, lo encontró con la tapa del capó abierta, con las cuchillas limpiaparabrisas andando, y con la tapa del baúl también abierta. Al percatarse que los daños no habían sido mayores, cerró las tapas, paró las cuchillas y regresó al edificio para ayudar a evacuar heridos. Cuando se acercó al punto de explosión vio una serie de sombras, como siluetas de alguien de pie proyectadas por el sol, que habían sido causadas por la magnitud de la explosión que las había desintegrado casi instantáneamente.  

Para este momento ya eran las 10 de la mañana; habían recibido la orden de que cualquier vehículo aparcado en las cercanías tenía que ser evacuado o sería destruido. Marco Elías fue por su vehículo y lo llevó al taller, ahí lo dejó para que lo revisaran, y volvió al DAS para informar de su situación, y para revisar cómo estaban los trabajadores de su división. En ese momento se percató que a dos cuadras a la redonda había edificios y estructuras afectadas, y que todavía había ambulancias atendiendo heridos, aunque él no se hizo revisar, pues por su adrenalina se sentía bien, apenas seguía con el pitido en los oídos, aunque había recuperado en una mínima medida su audición.

Solo hasta cerca del mediodía pudo comunicarse con su esposa, pues para la época no existían los teléfonos celulares, puesto que por la explosión todos los teléfonos quedaron inutilizados. Lo primero que hizo al hablar con ella fue decirle que estaba bien, pues ella estaba demasiado preocupada, y llorando le preguntó que cómo se sentía: él le dijo que se encontraba bien y que apenas pudiera llegaría a la casa, que no se preocupara, colgó y solo a eso de las 7 de la noche fue que pudo emprender su camino a casa. 

Al llegar su esposa lo abrazó al ver que aparentemente estaba bien, pero esa primera noche no sería nada tranquila: Marco no pudo dormir en toda la noche, seguía sintiendo el pitido en sus oídos, y cuando lograba conciliar algo de sueño el recuerdo reciente del estruendo de la explosión lo despertaba: las imágenes que en su mente quedaron grabadas desde ese día no dejarían de atormentarlo. Fue hasta el día siguiente cuando decidió ir al médico para que lo revisaran, pues seguía con el pitido y no escuchaba bien; allí le dijeron que tenía una pérdida mínima de la audición, pero que con los días iría recuperándose.

Al día de hoy, treintaiún años después del incidente, a sus ochenta y seis años, Marco Elías Sabogal sigue atormentado por lo que vio aquel día, eso que terminó profundamente grabado en su mente. No solo le quedó la secuela de la pérdida auditiva: también al dormir se levanta asustado, pues tiene una pesadilla recurrente desde aquel día: se encuentra en un pasillo muy oscuro, lleno de polvo, con cuerpos en el suelo y restos en las paredes, pasillo del cual no puede salir hasta que se despierta asustado.   

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