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“Respetar la vida desde la labor del periodismo”: Patricia Nieto

Durante más de tres décadas Patricia Nieto se ha dedicado a reportear y narrar las realidades más difíciles que suceden en la periferia geográfica, social y política de Colombia. En tiempos de crisis para el trabajo de campo, la periodista analiza los nuevos retos del periodismo de inmersión y largo aliento en el país.

Por: Gustavo Montes Arias

Datéate

Patricia Nieto es mujer de voz pausada y de pequeños silencios, que indican espacios de reflexión y pensamiento inteligente antes de desatarse en discursos constructivos y llenos de enseñanzas sobre el periodismo, la sociedad y el valor de la vida. Con la calma y visión analítica con la que se ha desempeñado en el periodismo durante treinta y un años, mira el momento actual, la pandemia por Covid-19 y la crisis social, política y de opinión que atraviesa el país, para tratar de darle forma a los retos y oportunidades que tiene el periodismo en Colombia; donde cada vez, como sugiere, es más necesario humanizar la verdad y la forma de narrarla. 

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Nieto es Periodista y Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Antioquia, y tiene un doctorado en Comunicación de la Universidad Nacional de la Plata, en Argentina. Se define como cronista, género periodístico al que se ha dedicado hasta el cansancio para narrar los recovecos de la guerra en Colombia. Ha escrito los libros de crónicas El sudor de tu frente (1998), Llanto en el paraíso (2008) y Los escogidos (2012). Dirigió el taller de víctimas llamado De su puño y letra, del que resultaron los libros de crónicas Jamás olvidaré tu nombre, El cielo no me abandona y Donde pisé aún crece la yerba. En la Universidad de Antioquia se ha desempeñado como maestra de periodismo, y dirige la Editorial Universidad de Antioquia y el proyecto de periodismo Hacemos Memoria de la misma institución. 

Los galardones en su hoja de vida son tantos como su experiencia. Ha recibido el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí (1994), el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (1996) y el premio al mejor libro de periodismo, por Los Escogidos, del Círculo de Periodistas de Bogotá (2012). Empezó a ejercer su profesión en 1990 y, como indica, pertenece a la generación que se vio obligada a aprender a narrar los horrores de la realidad colombiana, que tuvo mucha influencia en su inclinación hacia la investigación periodística sobre conflicto armado interno, violencias, derechos humanos y comunidades. 

Datéate conversó con esta periodista para analizar el panorama actual de su campo de investigación en Colombia. Desde su experiencia explica los avatares de hacer periodismo riguroso en medio de las crisis por Covid-19 y las otras crisis del país, los retos, oportunidades y dificultades de un oficio en el que deja también puesta la esperanza del cambio que la sociedad necesita y puede lograr desde el consumo mediático analítico y el ejercicio de la democracia. 

Patricia Nieto pantalla
Captura de la entrevista. Nieto es Periodista y Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Antioquia, y tiene un doctorado en Comunicación de la Universidad Nacional de la Plata, en Argentina

¿Qué significa pensar y comprender el conflicto armado interno y la memoria en clave de periodismo? 

Patricia Nieto: Esta pregunta traza un escenario que en Colombia se ha ido configurando en el último tiempo, que podría entenderse como una subespecialización del periodismo. Es decir, aparece una generación de periodistas que se vio enfrentada a cubrir el conflicto armado de manera un poco improvisada, porque no había una preparación desde la universidad para hacer ese trabajo; y la obligación de cubrir estos hechos va configurando una generación que no solo se vio obligada a hacerlo, sino a estudiar el conflicto más allá de la noticia inmediata o urgente.

Cubrir el conflicto armado y la memoria desde el periodismo significa que los periodistas que trabajamos en este tema hemos tomado una decisión ética, política y estética con la que nos comprometemos a mirar el presente yendo al pasado; haciendo que ese pasado sea actual, que nos hable hoy y nos ayude a tender puentes entre los hechos, nos obligue a estudiar ese pasado para comprender lo que sucede hoy y cumplir con nuestra misión de informar de la manera más rigurosa y equilibrada posible para que los ciudadanos tomen mejores decisiones. Esto, atravesado por el compromiso de un periodismo que procura la defensa de los derechos humanos, la verdad, la justicia y el ideal de que no vuelvan a presentarse situaciones de violencia para resolver los conflictos. Es tener un diseño metodológico, una manera de contar y una decisión política de hacerlo. 

Hay una pregunta obligada para recordar la necesidad del trabajo de campo: ¿por qué caminar el territorio y apropiarse de él es tan importante para narrar bien el conflicto armado y las violencias? 

P.N: Por teléfono o por cualquier medio distante virtual podemos hacer una tarea de reportería importante, que tiene que ver con otros aparatos, es decir, bases de datos, archivos digitalizados y conversar con expertos. Hay un escenario, el del encuentro con las personas protagonistas, principalmente víctimas y también recientemente victimarios, con quienes es necesario tener relación frente a frente por razones de seguridad; porque todos desconfiamos de este tipo de instrumentos (aparatos tecnológicos), porque se genera una distancia afectiva muy grande entre las personas que conversan a través de este canal; y porque la mayoría de personas que viven situación de sufrimiento, de sobrevivencia o que fueron víctimas y ahora están en un escenario distinto de acción política, requieren la conversación directa con el periodista, la manera de sentir que hay una cierta empatía, muy difícil de sostener a través de los canales digitales.

No solo es el ritual de estar frente a la persona con la que vamos a hablar, de explicarle con la palabra y con el cuerpo nuestra intención de conocer su historia; porque todo el escenario en el que ocurre el encuentro informa: la casa, el comedor, la huerta, la carretera a recorrer para llegar al lugar, la iglesia, el cementerio, la escuela, todo el universo donde la persona ha desarrollado su vida o vive hoy, tal vez después de haber sido desplazada o de haber emigrado: eso para nosotros es un libro abierto. 

Según esto, ¿es posible proponer una relación entre la persona que hace una catarsis a través del periodista y el periodista que toma todo esto para narrar con detalle a través de géneros como la crónica? 

P.N: Hay análisis que muestran que estos encuentros entre periodistas y personas en las comunidades pueden ser momento para la catarsis, para que las personas al contar liberen, comuniquen un poco su sufrimiento. Hay estudios que dicen que estas conversaciones alivian, pero no curan. Eso hay que tenerlo claro, es decir, por minutos u horas, la persona descarga un poco su peso, se alivia del dolor. Ahí tienen importancia los psicólogos y psicoanalistas, o las terapias sociales de largo aliento donde haya intención disciplinar o científica de ayudar a curar la herida emocional de las víctimas. Nosotros aliviamos, ayudamos, informamos. Ese es el principal objetivo: recibir una historia, transformarla con las palabras y comunicarla. En ese camino la gente puede liberar un poco estrés, dolor, angustia; debemos tener claro que simplemente escuchamos y durante un tiempo la gente se siente mejor. 

Después de más de treinta años caminando el territorio y enseñándole a otros periodistas a hacerlo, llega el Covid-19. ¿Cómo fue sentirse impedida o restringida para salir y hacer las visitas a los territorios, a los campesinos, a las personas de los lugares más alejados, y tener que hacer la inmersión desde casa? 

P.N: Venimos haciendo desde hace seis años un proyecto que se llama Hacemos Memoria. Es un grupo consolidado; hemos hecho asesorías en municipios donde reunimos a periodistas locales, víctimas, estudiantes de colegio y líderes comunitarios para hacer periodismo con enfoque de memoria. En cada municipio hemos pasado dos o tres años viajando cada fin de semana o cada quince días a hacer los talleres que terminan en un producto. Ese es un aspecto, el otro es la formación; hacemos diplomados y cursos, la mayoría en lugares. Por otro lado, hacemos periodismo; todos los días en Hacemos Memoria nos actualizamos y tenemos en proceso unas historias de largo aliento que estamos trabajando. 

Esos escenarios se afectaron por la pandemia. Las asesorías están suspendidas porque la metodología es grupal, y se hacen en municipios o en veredas; son personas que no tienen acceso a internet ni a equipos para generar una asesoría. Con ellos se ha hecho seguimiento por WhatsApp y se generaron piezas y modelos para comunicarnos, pero es para mantener, no se ha emprendido un proyecto nuevo. La formación se trasladó a lo digital. Esto implicó un desarrollo que nos ha gustado y ha abierto puertas. La reportería del portal se hace por teléfono, los reporteros se han desplazado muy poco, han recurrido a hacer la reportería por este canal. 

Me parece que ha sido más afectada la reportería de largo aliento, y por esa razón tenemos textos y reportajes congelados; avanzamos hasta donde se podía por teléfono o videollamada, pero hay momentos que toca esperar un poco. Esto genera frustración, porque uno dice: bueno, de aquí a que se pueda publicar el tema estará desactualizado y habrá que volver a empezar; pero las condiciones de salud pública y de las personas que trabajan conmigo están por encima, hay que protegerlas antes que terminar un reportaje que, si bien es una contribución, no es urgente como otros periodistas que están trabajando en lo que es urgente y que demanda toda su energía. 

Esa es la experiencia de su reportería. Pero ¿cómo ha sido el reto de enseñarles a los estudiantes a hacer inmersión periodística en casa? 

P.N: No tengo cursos desde 2019, y no he tenido ese reto de manera directa, que han tenido los compañeros de Haciendo Memoria que han estado asistiendo a sus alumnos para que hagan reportería desde la virtualidad. 

El año pasado hice una crónica que se llama Insepulto (https://cutt.ly/cbAOkPH). Ese texto lo hice todo por teléfono, no salí de mi casa. Apelé a recuerdos de viajes anteriores a esa zona y a colegas que en los últimos tiempos se habían desplazado al Bajo Cauca y con ellos reconstruí toda esa parte geográfica. Se narra un desplazamiento y la descripción la hice con campesinos por teléfono: es conseguir en la vereda al maestro, al sacerdote, al de la UMATA, a la promotora de salud, que entienda lo que uno quiere hacer y tenga la gentileza de pasar al teléfono. Es otra dimensión, era recorrer el camino y el paisaje por Google, mirándolo desde arriba en los mapas, buscando fotos. Colegas fotógrafos me pasaron fotos de la zona de otras épocas, y una red de personas me fue llevando a las fuentes a través del teléfono, para abordar un tema doloroso y peligroso, porque la situación en esta región es grave. Pero se pudo hacer, tuvo limitaciones dado el momento, pero creo que se pueden hacer historias a distancia. 

Si se pretende el equilibrio entre retos y oportunidades para hacer periodismo sobre conflicto armado y derechos humanos en este tiempo de pandemia, ¿qué pesa más, los avatares o las posibilidades?

P.N: Si bien esto exige un esfuerzo mayor, es una gran oportunidad. Es decir, frente a la responsabilidad social de informar, estamos usando las herramientas de las que disponemos. Hay que ver esto en el sentido profesional como una oportunidad de descubrir un ecosistema nuevo para producir piezas periodísticas, que estaba allí y era uno más, pero no era el definitivo.

Creo que es una gran oportunidad que nos ha puesto a pensar en la tecnología para hacer la reportería, para divulgar lo que averiguamos y lo que escribimos y para comunicarnos con las audiencias; que también nos ha retado a inventar formas de conversar con el otro, que ya no están mediadas por el viaje, el café, el encuentro en un punto del camino o en el lugar de origen de las fuentes. Es estar en una burbuja a la que se le pueden abrir ventanas y seguir haciendo el oficio, produciendo la información y cumpliendo el deber dentro de condiciones de protección nuestras y de las fuentes; es que no soy solo yo, es la familia a la que yo visito y a la que puedo llevar el virus. Es un escenario en el que hay que mantener los principios del periodismo a raya, pero adaptándonos a otras maneras de hacerlo. 

¿Cuáles son las falencias que ha presentado el periodismo sobre conflicto armado y violencias en Colombia durante la pandemia? 

P.N: La pandemia vino como un manto que cubrió durante unos meses todo el espectro informativo y era el tema, por supuesto, pero en muchos noticieros y medios era el único. Una falencia está en haber virado el timón completamente hacia ese asunto y haber perdido de vista o dejado sin cubrimiento suficiente otros temas. Por ejemplo, las acciones violentas que todavía distintos grupos siguen ejecutando en el país; esa violencia del conflicto armado no terminó, no entró en toque de queda con la pandemia. Ese marginamiento de ciertos temas también obedece a que los periodistas a veces miramos los hechos de manera aislada, no los conectamos con otras cosas; entonces es como si la pandemia fuera un suceso de larga duración y que ocurre casi con autonomía y ritmo propio, como si no estuviera entrecruzada con problemas anteriores y situaciones sociales previas que determinan, cómo resolvemos un problema de salud pública o su impacto en el sistema educativo. Esas conexiones entre el virus y cómo golpea a un país como el nuestro, a veces se nos olvidan en los informativos, y tratamos cada cosa como si estuviera aislada. 

Hablemos acerca del comportamiento de las violencias en Colombia en 2020 y en lo que va de 2021. En medio de la pandemia líderes sociales siguen siendo amenazados y asesinados, igual que los excombatientes de las Farc, que los niños y una larga lista de actores sociales, sumado a la tensión del paro y las violaciones de derechos humanos, ¿esto qué significa?, ¿cómo leer y entender críticamente esta situación? 

P.N: La pandemia en Colombia es un fenómeno que llegó para sumarse a otras situaciones conflictivas. La llegada de la pandemia, no tiene el poder movilizador de proteger la vida que podría ser el gran punto de encuentro de este país, el básico: respetar la vida de personas, animales y vegetales. Como ese es un valor que tiene tan poco peso en esta sociedad, donde se decide sobre la vida de los demás de una forma ligera y pronta, la pandemia viene a ponernos en jaque porque es una amenaza que llega a nuestra propia casa, pero no nos importa la muerte del vecino o del que está en otra ciudad, porque el desprecio por la vida del otro en este país es conocido y uno lo podría contrastar con el número de asesinatos frente a los que no hacemos nada, que siquiera se investigan.

La pandemia es una amenaza más, pero nadie dijo: llegó esta amenaza universal, entonces vamos a hacer una tregua y vamos a cuidarnos de la pandemia, que es cuidar la vida. No, aquí no hay oídos para eso, y ese debería ser el primer valor que la sociedad respete, el de la vida, frente a las balas y frente a una catástrofe natural como esta. 

Hay mayor comprensión del tema y una posible apertura en los lugares donde las personas tienen fácil acceso a la información, pero usualmente los periodistas son señalados de determinar la forma en la que se comprenden situaciones de alta complejidad; ¿cómo lograr que lo entiendan quienes no tienen las mismas posibilidades de accesibilidad o están encerrados en ideas polarizadas?, ¿cómo hacer que las audiencias aporten al fortalecimiento del debate público? 

P.N: Es recurrente señalar a los periodistas como culpables o responsables de ciertas situaciones. Decir que es recurrente y a veces exagerado, no es restarle importancia a los análisis y llamados de atención que hacen muchas veces los líderes políticos, empresariales y comunitarios. También hay que reconocer que, si las audiencias fueran más conscientes del papel que pueden tener en el cambio de la información, lo harían. Hace décadas se dejó de pensar que la gente recibe la información que se le entrega, la consume, la hace parte de su vida y actúa según eso que le dicen los medios. Los ciudadanos tendrían que tener la capacidad de reaccionar frente a aquellos medios que no están aportando o que no están permitiéndoles construir una opinión equilibrada y libre frente a los hechos. 

Si la gente ha identificado que un canal de televisión o de radio es sesgado, miente, manipula, utiliza imágenes fuera del contexto en el que ocurrieron, no explica, sino que hace propaganda, ¿por qué lo siguen oyendo? ¿por qué no cambian el canal o sancionan ese tipo de medios con cero audiencias? Los medios de comunicación viven porque hay alguien que los escucha, que reproduce, debate y pone en cuestión o en práctica lo que dicen. Hay responsabilidad de la audiencia y de la educación en general, de cómo educamos en los colegios para el consumo de los medios y también cómo los mismos medios crean sus audiencias. Hay pozos de información y en cada uno de ellos estamos los que creemos en un color o en otro y esos compartimientos es necesario que tengan diques de comunicación con los otros, o sea, generar una conversación. Lo que llaman polarización, para mí, es la imposibilidad de conversar. 

¿Hay en el periodismo colombiano una oportunidad para la verdad y la paz de este conflicto aún en medio de la crisis por el Covid-19 y todas las demás crisis sociales, políticas y económicas? 

P.N: Claro que hay una oportunidad. Si uno hace un inventario de medios y de proyectos periodísticos que están haciendo esa tarea, suman cientos. Hay miles de burbujas periodísticas en el escenario informativo. Son pequeñas estructuras de producción periodística; unas son empresas; unas son alianzas de amigos; otras obedecen a intereses comunitarios, en donde se juntan cinco personas y lo hacen; algunas tienen financiación de pequeñas empresas privadas, con avisos; otras han acudido a la cooperación internacional y han obtenido recursos o se presentan a becas, y todas van armando un ecosistema de pequeños medios. 

Se puede pensar solo en los periódicos universitarios, que a veces los lectores desprecian o tratan en otra condición porque son escritos por estudiantes, pero resulta que quienes están moviendo la política en Colombia son los jóvenes. Hay unos llevando la bandera y cantando en las marchas, pero hay otros llevando la bandera y cantando a través de sus medios, de sus podcasts, en periódicos y portales. Eso que no se ve es lo que tendríamos que hacer notar, conocerlo y publicitarlo, porque son una oportunidad para las audiencias que están cansadas o no están satisfechas con los medios en los que siempre se han informado. 

¿Cómo se debe hacer este periodismo luego de la pandemia?, ¿cuáles son las tareas y recomendaciones para periodistas en formación y en ejercicio? 

P.N: Eso no debería tener mucha ciencia. Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer; lo saben los profesores, los estudiantes, los que están en los medios grandes y en los medios pequeños. Nosotros sabemos que el periodismo es un sistema dentro del sistema político, que hace que la información circule. Esa información debe ser producida a partir de unos principios metodológicos y éticos que apuntan a llevarle al ciudadano una información equilibrada, con muchas voces, sin dejar a nadie por fuera aunque no nos guste; con un proceso de investigación riguroso, de contrastar; y con una escritura en cualquiera de los formatos de la mejor calidad posible, es decir, el vestido que le ponemos a lo que investigamos, el lenguaje con el que contamos los hechos le da dignidad a quienes los protagonizaron, a quienes los contamos y a quien los está escuchando. 

No creo que haya nada que inventar, es mirar atrás un poquito, recordar que el periodismo tiene un compromiso con el ciudadano, no con el gobernante, con la defensa de los derechos humanos y con ponerle ojos allí donde los están violando, tener la perspectiva de la víctima más que la del que dispara, pensar que lo que escribimos tiene efectos. Lo que nosotros escribimos tiene consecuencias y por eso recordar la responsabilidad de hacerlo, porque hay impacto en lo que investigamos y publicamos. ¿Cuál sería el mejor impacto? Que el ciudadano que lee lo que yo escribo se haga más preguntas y se interese por conocer más cosas para que cuando le toque participar en las decisiones de su comunidad, lo haga con información y con decisión, con convicción; que el voto en las urnas se haga habiéndosele cumplido el derecho a estar informado. 

¿Qué le hace falta conocer y narrar a los periodistas y al periodismo sobre conflicto armado, violencias y derechos humanos en el país?

P.N: Hay una cara del conflicto armado muy importante y que nos vamos a demorar un tiempo para contarla: es la aproximación hacia quienes han ejercido la violencia, victimarios o personas que hayan dejado las armas y hecho todo el proceso de volver a la vida regida por la ley colombiana y por los derechos humanos y que puedan contarnos con sinceridad muchas cosas. Esa contribución a la verdad, no solo como caso judicial, es un asunto que hace falta. 

Hace falta conocer y contar mejor el trabajo colectivo que han hecho ciudadanos en muchos lugares del país. No son solo los liderazgos individuales que hemos visto; obviamente podrían contarse más y mejor, pero entrar un poco en los liderazgos colectivos y comunitarios, que finalmente sostienen los procesos. Ese personaje colectivo no lo hemos explorado suficientemente desde el periodismo; de pronto las organizaciones sociales o de derechos humanos sí, pero el periodismo podría hacer un viaje mucho más complejo a lo colectivo, que nos hace falta reconocer. 

Patricia Nieto mira con esperanza el futuro del periodismo, la misión cooperativa de medios y audiencias en producir y consumir de mejor forma. Para ello aporta elementos para el fortalecimiento del debate público y para el reconocimiento del periodismo como un medio a través del que es posible reconfigurar la democracia, la vida social y política y hasta situaciones complejas como el conflicto armado interno, los derechos humanos, sus violaciones, y la defensa de la vida. 

Nieto insiste en la misión del oficio riguroso, ético y cercano a la gente, como “el sistema dentro de la democracia que nos permite informarnos para decidir en bien de los derechos humanos y con libertad”. Y agrega, a modo de responsabilidad para periodistas en formación y ejercicio, que “si no se nos olvida eso y lo tenemos en mente cada que vamos a producir una noticia, haremos mejor nuestro trabajo”.

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