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Si se sueña, con esfuerzo se puede lograr

La historia de un joven que demuestra que con esfuerzo, constancia y dedicación ningún sueño es imposible.

Por: Erika Valentina Angel Barrera

Alejandro Angel Barrera nació el 18 de marzo de 1994 en el municipio de Santa Rosa de Cabal, Risaralda. Desde pequeño soñó con ser un chef reconocido y trabajar en los mejores restaurantes del mundo, y su historia es una muestra de que los sueños con esfuerzo, constancia y dedicación pueden hacerse realidad.

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Miguel Darío Angel Ruíz, padre de Alejandro, 46 años: “Todavía me acuerdo cuando de pequeñito, Alejandro tenía como 7 años, se la pasaba metido en la cocina mirando cómo la mamá hacía de comer, era embobado. Yo lo llamaba para que fuéramos al parque a jugar mientras la mamá hacía el almuerzo, y él me decía que no, que después que almorzáramos, que quería ver a su mami cocinar. Yo no me la pasaba en la casa en las mañanas y en las tardes porque me tocaba trabajar, pero los fines de semana siempre era la misma vaina: Alejo metido en la cocina mirando cómo su mamá cocinaba; yo le decía a Nancy, madre de Alejandro: ¿será que ese niño va a ser cocinero? Y ella me decía: “pues quién sabe”. Con el paso de los años Alejo creció, y cuando cumplió los 10 años empezó a ayudar con la cocina, cosas sencillas como echarle sal a las comidas, azúcar a los jugos, lo básico; ni la mamá ni yo queríamos que cogiera un cuchillo porque nos daba miedo que se cortara, estaba muy chiquito todavía. Ahí nos decía que quería ser chef, y cuando no estaba metido en la cocina era pegado al televisor viendo ese canal Gourmet donde aparecen chefs cocinando. Creo que su sueño de ser chef se fue dando porque era bien glotoncito, dice entre risas. Le gustaba comer y comía de todo a diferencia del resto que era muy quisquilloso con algunas comidas. Era muy juicioso en el colegio, y que recuerde jamás tuvo otro sueño que no fuera el de cocinar. Con el paso de los años hablé con Nancy y le dije que si Alejo se decidía por estudiar Gastronomía que se fuera para España, que allá lo recibía mi hermana y yo le mandaba para sus gastos, pero que estudiara en un buen lugar, en un país reconocido por sus comidas exquisitas. Así fue, en el 2011 lo mandé para España, estudió en la Universidad Francisco de Vitoria y gracias a mi Dios, antes de terminar su carrera estaba trabajando. Nos llamaba contento y nos decía que los chefs lo felicitaban y que le pronosticaban una buena vida profesional, porque el pelado era muy bueno en la cocina. Un año después de terminar la carrera le ofrecieron trabajo en París, gracias a un amigo mío, y como tenía muchos contactos de España y Francia, un amigo que se había ido para Suiza le dijo que se fuera para allá, que pagaban muy bien y que se vivía bueno, y así fue. Se fue con la novia y permaneció como 3 años allá, hasta que el año pasado unos japoneses que conoció le propusieron trabajar en Japón, allá también se paga muy bien por cocinar, así que se fue y ahora vive en Tokio, está muy contento y gracias a Dios en todos los países le ha ido bien: quién sabe cuál será su próximo destino.

Alejandro Angel Barrera, 26 años: Desde que tengo uso de razón quise ser chef; pienso que ese gusto salió por el amor a la comida, me gustaba comer y aún sigue siendo así, pero pude moderarme porque cuando era chiquito estaba muy gordito, dice entre risas. No es que fuera muy gordo, pero si era popochito. Cuando mi mamá cocinaba o cuando íbamos a donde mi abuelita o donde mis tías, me encantaba verlas cocinar; tenía ganas de ayudarlas, pero sabía que no me iban a dejar porque me cuidaban mucho, pero más grandecito, cuando podía, le ayudaba a la persona que estuviera cocinando. Como mis papás trabajaban yo me ofrecía a hacer el almuerzo; miraba recetas en revistas y aparte les preparaba postres, galletas y cositas por el estilo. Nunca tuve otro sueño que no fuera el de ser chef y cocinar en países reconocidos por sus comidas. Tuve la fortuna de que una parte de mi familia, por parte de papá, viviera en España, y gracias a eso estudié allá, aunque me dio duro separarme de mi familia. En la universidad los profesores y mis compañeros me halagaban, y eso era gratificante para mí: los profesores eran exigentes, y durante los últimos semestres aún más. A veces eran pasados y les tiraban la comida prácticamente en la cara a los compañeros que les costaba llegar a un buen nivel de preparación. Luego, gracias a un amigo de mi papá me fui a París, un año después de terminar mi carrera. El único restaurante donde trabajé allá fue en Les Climats, porque el amigo de mi papá era familiar del dueño: fue sin duda una de las mejores experiencias, el restaurante cumplía mis expectativas, era lujoso y no cualquiera trabaja ahí, la comida es exquisita y a la vez bastante costosa; de verdad vale la pena invertir en su comida, y pienso que si me dan la oportunidad de escoger uno de los restaurantes donde he trabajado, sería ese, porque además de ganar bien, lo que aprendí de los chefs me ha servido para el resto de mi vida profesional. Luego un amigo con el que me gradué en la universidad me ofreció trabajar en Suiza: no quería dejar París, estaba muy contento allí, pero con mi novia quisimos explorar nuevos horizontes y así fue, vivimos en Zúrich 2 años, Suiza es un país excelente, tranquilo, genial para vivir, pero la vida es muy costosa. Me fue bien, aunque al principio fue duro: en el restaurante donde comencé y donde trabajaba mi amigo, no les caía bien a los demás, y trataron de hacerme la vida imposible: en varias ocasiones, mientras reparaba un plato, le agregaban más sal o más especias para que mis jefes me regañaran. Permanecí allí 3 meses y decidí buscar otro restaurante, no me importaba que me pagaran menos, quería salir de allá, y así fue, conseguí trabajo en otro restaurante, no me pagaban igual pero por lo menos estaba tranquilo; duré año y medio hasta que conocí a unos chefs japoneses que estaban de vacaciones en Zúrich, se quedaban cerca a mi casa e iban seguido al restaurante. Empezamos a relacionarnos bien y vi la oportunidad perfecta para conocer un país nuevo y diferente por su cultura y sus comidas. Me fui con ellos en marzo de 2019 y actualmente vivo en Tokio: me ha ido muy bien, he fortalecido mis dotes culinarias en comida asiática. por el momento no sé si quiero irme para otro lugar, por ahora quiero seguir aquí aprendiendo lo que más pueda. Tengo claro que apenas pueda iré a Colombia a visitar a mi familia: voy a cumplir 2 años que no los veo. Gracias a mi familia soy lo que soy y estoy donde estoy, así que lo que más anhelo es estar con ellos pronto.

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