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Sobreviví el coronavirus y no se lo deseo ni a mi peor enemigo

Compartimos esta reflexión realizada por una persona que padeció la infección viral.

Por: Periódico Utópicos

Red Col. de Periodismo Universitario (@RedperiodismoU) | Twitter

La primera señal de que algo en mi organismo no funciona bien cuando amanecía con la boca completamente seca, hasta el punto de que soñaba que tenía algodón en la garganta.

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Pero no le di importancia, porque nadie vinculaba esa desagradable sensación con el Covid-19, nombre científico para el virus que ha paralizado al mundo, y al cual nos referimos como Coronavirus.

Tampoco le di importancia a mi incapacidad de apreciar el olor de un platillo que preparaba mi hijo mayor. Ni cuando a la hora de cenar no me supo a nada; como si hubiese comido cartón.

Me encontraba visitando a mi hijo y a mis nietos en el estado de Georgia, a unos 1.500 kilómetros del poblado de Pensilvania, donde vivo. Había viajado en auto para unirme a un grupo de aficionados del fútbol con los que asistiría a un torneo en Nashville, Tennessee. Y luego visitaría los principales sitios de música.

Lluvia y tráfico en la autopista

En la tarde del 22 de febrero estaba saltando cuerda con mi nieta y me sentía perfectamente. Me fui a dormir y a la una de la mañana, me desperté bañado en sudor, tosiendo terriblemente y con dolores que nunca antes había sentido al toser.

Por el hecho de que había niños en casa, y que mi nuera sufre de un desequilibrio inmunológico, por la enfermedad de Crohn, a las 4 a.m. decidí viajar a casa y así no contagiar a nadie. Creía que tenía un resfriado excesivamente fuerte.

Durante su visita a la familia de su hijo. Aquí, con su pequeño nieto

Salí antes de que amaneciera, sin despedirme ni avisar. “Una vez que se levanten les envío un texto”, decidí. Una hora en camino y ya estaba agotado. Paré en un área de descanso.

Ni el agua, ni los dulces que compré funcionaban y mi tos iba empeorando; mi auto comenzó a zigzaguear descontroladamente en una ruta llena de camiones. Llovía.

Tosía sin poder parar. Con cada ataque de tos, sentía una enorme presión en el pecho y en la boca del estómago. Ya la fiebre me hacía medio alucinar y venía a mi mente la imagen de Prometeo, amarrado a una montaña, mientras un águila le devoraba las entrañas.

La cabeza me estallaba. Me lloraban los ojos. Temblaba. Me salí dos veces de la carretera. 

La flecha roja indica el lugar donde queda el hotel de carretera, donde pasó la peor parte de la enfermedad

Otra área de descanso. Cierro los ojos. Comienzo a toser; empieza la tembladera. Abro la puerta y vomito. El dolor en el estómago es insoportable.

Llegando a la frontera entre los estados de Carolina del Norte y Virginia veo un hotel. Y decido parar.

Se soluciona y voy a mi habitación. Apenas entro me desplomo, por el cansancio y el intenso dolor: ¿Me apalearon, me patearon, me levantaron y estrellaron contra el piso? A este panorama se le une la tos insoportable.

No llevo nada. Somos solo mi teléfono y yo. Con gran dificultad, comienzo a enviarles textos a mi hijo y a mi esposa. Son las 10.30 a.m.

No se sabía en el área de Nueva York qué era el Coronavirus. Se había escuchado que algo estaba pasando en Seattle, Washington, en un hogar de ancianos. Había un crucero con unos contagiados. Pero no era de común conocimiento. Todo funcionaba bien y entre la gente común y corriente nadie imaginaba que iba a llegar a estas alturas. Hoy, la tasa de mortalidad per cápita es mayor a la de Italia y España, los países de Europa con más fallecimientos por Covid – 19, pues la cifra de muertos supera los diez mil, según el último balance, del 15 de abril.

Es cerca del mediodía del domingo 23 de febrero. Comienza a subir la fiebre, trayendo consigo, de nuevo, las alucinaciones. ¿Por qué entró la señora a limpiar si acabo de tomar la habitación? ¿Será que me trae un poco de agua?

Durante el viaje hacia Nueva Orleans, a recoger a su hijo.

En medio del dolor y de esa enorme águila que me devora las entrañas, mi mente se centra en un proyecto que vengo trabajando desde hace un mes: Una página web. Voy haciendo cambios y siento mover los dedos. Sé que es la fiebre. ¿Pero será? La señora que limpia ahora es mi madre, que se nos fue en 2001.   

Así sigo. Tosiendo sin parar. “Can you please bring me some water, mom? Please I’m so thirsty” (¿por qué le hablo en inglés a mi mamá?) –“¿Podría traerme un poco de agua, por favor?  Tengo mucha sed”- Sigo trabajando en ese proyecto, hasta el punto de que me duelen los dedos.

Es todo un sueño, repito. Se ha descargado totalmente mi teléfono, tengo que bajar al auto por el cable. Me levanto y siento que me desmayo. Más fiebre. Las sábanas están todas sudadas. Y esa tos. Maldita tos, maldito dolor.

Sin saber la hora, logro bajar al carro por mi cargador y saludo a dos recepcionistas. “Buenos días”. Al salir veo que son las 3 a.m. Llevo más de 15 horas en esto.

Mi teléfono comienza a cargarse y salen los mensajes de mi esposa, y de mi hijo. “Where are you???” (“¿dónde estás???”). “Si no escucho de ti voy a llamar la policía”. “Repórtate”.

Envío un texto lleno de errores de ortografía con el que, además de contarles sobre mi condición, les aviso que puede ser que no les responda los textos a tiempo.

Me está entrando un poco de miedo, le digo a mi esposa, de que esto sea más grave de lo que parece. No vuelvo a comunicarme con ella sino 20 horas después. Horas angustiosas para mi familia, pero curiosamente, no para mí, porque ya no sabía qué me estaba sucediendo.  

Fue en el momento de mayor dolor, cuando tosía, vomitaba, me lloraban los ojos y temblaba todo el tiempo, que pensé que no saldría de esto. Ni siquiera les había podido avisar en qué hotel me encontraba. ¿Cómo van a saber que he muerto?

Así, solo, tosiendo, alucinando de la fiebre, pasé tres días más.

Tres días que probablemente habían sido antecedidos por las dos semanas de condición asintomática que llevé conmigo a través de varios Estados de la Unión Americana, sin saber fui contaminado, probablemente en alguna de las ocasiones en las que fui al gimnasio donde nado por lo menos 5 veces a la semana. Es un lugar al que habitualmente iba mucha gente, de todas partes y ocupaciones. Como trabajo desde casa, creo que es el único sitio donde me lo pudieron haber pegado.

Preocupada, mi esposa, quien no es la mejor conductora del mundo, me dijo que iría por mí. Saldría en un par de horas, me anunció. El pánico aumentó: Y si ella tuviera un problema, en un trayecto de por lo menos nueve horas de autopista- primero, una de las más congestionadas del país, la 81, llena de camiones, y luego la 77, también de alto tráfico-, ¿quién iría en su auxilio?

Fue cuando decidí manejar de vuelta a casa. Un viaje que tardó el doble, a pesar de ir en un Camaro blanco del 2016, que usualmente vuela por las carreteras.

Una vez de regreso, intenté hacerme la prueba. Hablé por teléfono con el médico de la familia, le expliqué lo que había tenido y pedí un examen de Coronavirus. Él me contestó: “Tranquilícese que Usted lo tuvo. Tiene todos los síntomas. Todos. Sobre la prueba, es imposible en estos momentos”. Hoy sé, aunque mi caso no figurará jamás en las estadísticas, que fui uno de los primeros cientos de miles de víctimas del Coronavirus en los Estados Unidos. Tampoco sé si en el gimnasio hubo otros casos de contagio, porque a finales de febrero no se hacía seguimiento alguno. Hoy, como muchos otros sitios de alta afluencia de público, permanece con las puertas cerradas.

Ya en casa, no comí absolutamente nada por días, a duras penas una avena caliente cada mañana, que mi esposa dejaba junto a la puerta del cuarto con baño, donde estuve estrictamente confinado durante un mes más. Ella me servía en un plato hondo de cartón y yo lo tiraba a la basura, al igual que hacía con las cucharas de plástico. Entre febrero 26 y la primera semana de marzo dormía 18 horas diarias, me bañaba y volvía a descansar. Luego comencé a caminar un poco, pero después de recorrer 50 metros quedaba tan cansado, que me tiraba en la cama a dormir.

El director de elmolinoonline. com, con 30 libras de peso menos

Hoy me preguntan muchos la razón por la que no fui a un hospital. La respuesta es que presentía que de allí no hubiera salido vivo. Afortunadamente, venía leyendo estudios científicos sobre temas como la atención en Cuidados Intensivos, desde el pasado noviembre. Preferí sufrir los efectos del virus en mi casa y dejar mi vida a la suerte del destino.

Mi ropa, así como las sábanas y toallas, se quedaron en la habitación, en bolsas de plástico, hasta que salí y lavé todo.

Tiré los zapatos que había usado, al igual que otros objetos. Tenemos dos autos en casa. El mío no fue encendido durante todo ese mes y solo se usó el Mazda de mi esposa. Hoy peso 30 libras menos, nada mal para verse mejor. Pero el costo que pagué para esa reducción de peso fue demasiado alto.

A mediados de marzo, cuando en Estados Unidos se declaró la emergencia nacional, no sabíamos qué hacer con nuestro hijo menor, Paul, quien estaba en Nueva Orleans, a 4,600 kilómetros por tierra, desde Nueva York, en el campus universitario de Tulane. Yo dije: “en este momento no puedo viajar por carretera, no tengo la fuerza física”. Tres semanas después, el 31 de marzo, volé en mi Camaro, en un viaje maratón, para traerlo de vuelta al hogar familiar. En 4 días conduje el equivalente a la distancia de Lisboa a Moscú.

La gran incógnita es por qué no contagié a mi hijo, a su esposa ni a mis nietos (gracias a Dios); tampoco a mi esposa. Hoy, todos estamos sanos y los cuidados de mi círculo familiar son extremos.

Realmente, lo que me pasó no se lo deseo ni a mi peor enemigo. 


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