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Una mujer de armas tomar y de luz poner

En una época donde ser soltera y madre cabeza de familia era mal visto, decidió armarse de valor y tomar las riendas del hogar, del barrio y la comunidad.

Por: Nicolás Andrés Gamba Polo

Colombia en los años ochenta pasaba por su pico más alto de violencia a causa del narcotráfico y el paramilitarismo. Las zonas rurales del país eran las más vulneradas; los grupos al margen de la ley causaron el desplazamiento de varias familias de sus hogares, por lo que Bogotá se convirtió en un gran atractivo para que las personas emigraran allí.

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La capital del país comenzó albergar una gran cantidad de habitantes de diferentes partes de Colombia, y a medida que la ciudad crecía, la sabana de Bogotá se extendía también. Para entonces mi abuela Olga Ordóñez ya vivía en “La nevera”, como usualmente decían los costeños para referirse a Bogotá.

A comienzos de 1984, pese a las circunstancias económicas y familiares por las que atravesaba mi abuela, tomó la decisión de aventurarse: se fue a vivir sola con sus tres hijas a la localidad de Ciudad Bolívar, allí consiguió un lote donde construyó una casa lo bastante buena para vivir cómodamente. Ximena, una de sus hijas, recuerda que esta casa quedaba en el centro del barrio, así que muchas personas tenían referencia de ella.

Paraíso fue el barrio donde mi abuela vivió una gran parte de su vida, zona que no era precisamente el sueño ideal. En el sector las carencias económicas se hacían notar y los servicios públicos básicos tales como: el agua, la luz y el gas no existían para los habitantes de este lugar tan lejano de la Bogotá imaginada.

Olga Ordóñez se destacó por ser una persona con un liderazgo innato, tanto que en 1985 decidió crear una panadería en su casa, primero como medio de subsistencia y segundo porque allí empezó a forjar lazos de amistad con sus vecinos.

Enfrentarse al reto de una panadería no es tarea fácil, demanda un horario laboral extenso y una responsabilidad enorme. Sin embargo, continuó con su idea, y como relata una de sus hijas: “para hacer el pan, en la noche dejaba la masa lista, pero como no había luz, le tocaba moldear la masa del pan a punta de vela; a eso de las 4:00 de la mañana ponía en el horno el pan, que no era a gas sino a gasolina”.

Como era usual en la época, los hombres salían a trabajar y las mujeres se quedaban en casa haciendo los deberes domésticos y criando los hijos; varios hombres cabeza de familia empezaron a reunirse en la panadería de mi abuela, para tomar las medidas adecuadas a fin de llevar los servicios públicos al barrio.

Sin embargo, ella como jefe de familia no dudó un segundo en participar y tomar la vocería del grupo para llevar los servicios públicos al barrio: “mi mamá comenzó a juntarse con un grupo de hombres, ella era la única mujer en el grupo”, dice Tatiana su hija mayor.

Después comenzó a tomar acciones, por lo que debía ir a la Alcaldía de Bogotá a solicitar la ayuda correspondiente. No obstante, mientras ella se encargaba de hacer los trámites, sus hijas se quedaban solas en casa a cargo de su hermana mayor de 10 años, que cuidaba a sus hermanas de 5 años y 9 meses de edad.

Mientras instalaban el agua en el barrio, para realizar los que haceres del hogar, mi abuela debía ir a las quebradas más cercanas a lavar la ropa de la semana y a recolectar agua para tener entre semana para lavar loza, los pañales, bañarse y hacer los descargues del baño:

“Con una ruana terciada y con mi hermana diana en la espalda, mi mamá, en compañía de nosotras las dos más grandecitas, cargábamos la lona llena de ropa para lavar; además debíamos llevar galones y botellas para recoger agua. De regreso, mi mamá y mi hermana mayor cargaban la ropa mojada, yo que era un poco más chica llevaba 2 galones de agua en la mano y tres más en una maleta”, que según Ximena era el proceso que tenía lugar todas las semanas.

Para 1987 la fuente vital de vida llegaba por fin al barrio, pero en camiones de agua potable, por lo que la gente debía recolectar en baldes la cantidad suficiente para la semana: como no era un barrio tan grande alcanzaba para todos.

Mientras celebraban la llegada del agua, mi abuela persistía en la lucha, pero ahora por la electricidad. Se sabía de las noticias gracias a las personas que en sus casas tenían radios a pilas, por lo que aquello que acontecía en el mundo llegaba tarde o se ignoraba. La zona comenzó a extenderse más y con esto llegaron dos factores importantes: quienes se encargarían de los niños mientras sus padres trabajaban, y qué hacer con las pequeñas bandas criminales que empezaban a delinquir.

Después de un tiempo mi abuela quitó la panadería y dejó solo una tienda de mecato. La mayoría de personas que la conocían tenían una gran confianza en ella por lo que le pidieron ayuda para el cuidado de sus hijos. Empezó con 5 o 7 niños, después la cantidad creció. Sus conocidos de la alcaldía le ayudaron contactarse con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), que le otorgaron el permiso para cuidarlos y enseñarles a los niños.

Las madres comunitarias, por participar en estas acciones en los barrios, reciben como dotación por parte del ICBF cobijas, mesas, sillas, cunas, colchonetas, mercado, implementos para la cocina, materiales, lo esencial para proteger a los niños y niñas. En el barrio había un consejo que se encargaba de recibir el dinero que aportaba el ICBF para comprar los implementos para los jardines.

“La corrupción en los jardines existía; mi mamá peleaba con la presidenta del consejo porque se robaba la plata y compraba productos de baja calidad a menor costo, y la plata sobrante se la repartían entre los de la rosca, por eso mi mamá chocaba con muchas personas”, recuerda Diana.

A finales de 1992, después de 9 años de vivir en el barrio, por fin la electricidad llegaba a la zona, pero al igual que el agua debía usarse con moderación, debido a que entonces Bogotá pasaba por un racionamiento de energía, y la luz se iba a las 6 de la tarde.

Usualmente en la noche se cometían crímenes o ajustes de cuentas, por bandas que aprovechaban el racionamiento de luz: “Recuerdo una vez que alguien tocó a la puerta y metió un papel por debajo, allí había una mano negra pintada que anunciaba limpieza social; había una lista de personas a las que les daban 24 horas para salir del barrio, o de lo contrario los mataban”, dice Karen, hija menor de mi abuela. Así sucedía en la noche: a veces se escuchaban varios disparos, pero solo se podía saber lo que había pasado hasta la mañana siguiente, porque si encontraban a una persona en la calle, inmediatamente la asesinaban, estuviese o no en la lista.

Por decir la verdad mi abuela tuvo problemas con personas inescrupulosas, tanto que incluso secuestraron a una de sus grandes amigas, esto la obligó a enviar a sus hijas mayores a vivir con su papá; ella también se vio obligada a abandonar el barrio con su hija Diana; un odontólogo que le brindó apoyo la dejó quedarse en su consultorio durante un mes. Sin embargo, ella no desistía, y mientras no vivió en el barrio seguía al pendiente del servicio que faltaba por implementar: el gas, que le costó más de 15 años de lucha, pero al final de 1995 logró que llevaran las primeras pipetas al barrio.

La vida le puso muchos obstáculos en frente, pero se sintió muy feliz cuando en 1998, la alcaldía dio el visto bueno para implementar el acueducto en el barrio. Quizás los jóvenes de la actualidad no conozcan esta historia, pero sé que muchas personas que vivieron esa época con ella la recuerdan. Siempre será la profesora, la amiga, la líder, la abuela y la mamá, pero sobre todo una mujer llena de valor.

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