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Valentina la valiente

Así es Valentina, siempre viendo el lado bueno de las cosas, una persona que en medio de las tristezas intenta ser feliz, alegra y contagiar de colores y vida a sus seres más importantes. “Ella me salvó la vida”.

Por: Lina Manuela Castillo Gómez  

Su llegada al mundo

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Fue un embarazo complejo, doña Amparo subió 11 kg, con los pies hinchados, la mujer caminaba a rastras para moverse de un lado a otro ya fuese para buscar ropa, comida o sencillamente para ir a orinar. La señora se sentaba a ver series o películas animadas para niños mientras pasaban los días en los que su adorada niña llegaría a sus brazos.

El parto fue muy complicado, Valentina nació por cesárea, la anestesia no causó el efecto esperado, a su madre le dio la pálida y el doctor le comentó a la familia las complicaciones que se presentaron. “Mi madre duró rezando por horas”- comenta doña Amparo. Horas más tarde, como si de un milagro se tratase, ese miércoles 14 de abril de 1999, oficialmente llegó al mundo Valentina, un bebé que comía teta sin parar, caía en sueños profundos y al despertar sus ojos emitían luz. Inmediatamente- se dibuja una sonrisa en el rostro de doña Amparo, mientras recuerda lo que vivió.

Valentina creció siendo una niña activa, inteligente, bailarina, escandalosa que jugaba por doquier en la casa de su abuela, donde permaneció casi la mayor parte de su infancia. “Mensualmente venía su prima a Chiquinquirá a visitarnos, yo o uno de los tíos les encendía el equipo de sonido y ellas dos eran felices bailando carranga o la salsa de Celia Cruz, ese par eran imparables”, comenta su abuela entre risas.

Las enfermedades y dolores

“Pasé noches en vela pendiente de mi bebé, cuidando de mi dieta. Creí que sólo eso sería lo complicado, con el tiempo pasaría, todo sería normal, no fue así, ya que Valentina nació con displasia de cadera que, según el doctor, había que corregir cuanto antes porque la niña podría quedar coja y las complicaciones aumentarían cada vez más. El tratamiento consistía en el uso de un pañal ortopédico durante 8 meses, las 24 horas del día, para lograr corregir tal luxación y para eso tuvimos que comprar una especie de overol con forma de pañal, contenía varillas, tirantes y apenas sus piernitas quedaban abiertas de lado a lado, ella lloraba y yo solo la consolaba hasta que me quedara dormida”, comenta doña Amparo con su mirada fija al suelo y su rostro con un sin sabor.

“Un día me entregaron a la niña morada, morada, no se movía no reaccionaba, no sabía qué le había pasado, entré en pánico, la cabeza me daba vueltas ¡Pero si hace poquito estaba que reía, corría y gritaba por toda la casa!, de repente se quedó así ¿Y si le pasó algo? ¿Y si se me murió? ¿Aún respira? ¿Qué me le hicieron? ¡Hay que llevarla al médico ya!”, dice su abuela.

Más de una vez y frecuentemente le daban a Valentina los ataques, que se debían a un fenómeno llamado “espasmo del sollozo” que para quien no lo conoce esto produce que el bebé no respire, la cara se torna color morada o azul y suelen ser provocados por el llanto, dolor, sorpresa o frustración. “Mi cura fue sencilla, una vez en uno de esos ataques tomé a Valentina lo más rápido que pude y la sumergí en el tanque de agua del patio de la casa apenas se quedó mirándome con los ojos muy abiertos y se comenzó a reír, desde ese día no le volvieron a dar”, explica doña Eva.

A los 5 años, Valentina recuerda que se encontraba en la casa de su abuela paterna tomando onces, pues ese día la fueron a visitar como de costumbre, se reunieron en la mesa del comedor a charlar un rato a cerca del día a día. Una vez  terminó su café se fue a acostar, duró allí sentada un largo rato pero de un momento a otro trasbocó todo lo que había consumido en el transcurso del día, su abuela la atendió con un remedio casero, esperaron a que el remedio hiciera efecto pero en el transcurso de la tarde su estado de salud no mejoraba, vomitaba cada vez más, los medicamentos no realizaban su efecto sobre el malestar de Valentina, la pequeña se quedó dormida y al despertar tuvo un fuerte dolor en la parte baja derecha abdominal y sus padres la llevaron por urgencias a la Clínica Cardi – en Chiquinquirá. Esa noche, Valentina no salió de la clínica porque le diagnosticaron apendicitis, quedó interna y al día siguiente sería la cirugía para que esta no llegara a ser peritonitis.

“Nunca en mi vida me habían aplicado tantas inyecciones, siempre le he tenido miedo a las agujas y a las abejas, recuerdo que la enfermera que me colocó el suero me dijo que pensara que era una abejita que venía a curarme porque estaba un poco malita, pero que muy pronto, gracias a su picadura, me recuperaría muy pronto. No pensé que en ese momento me funcionaría y aunque no lo recuerde tan bien estoy segura que no me dolió. Además, no iba a ser la única inyección que me aplicarían, en ese tiempo hospitalizada me acostumbré tanto a las inyecciones que prácticamente no me dolía ni una”, comenta Valentina.

Su madre dice que los médicos le decían “Valentina la valiente” porque no reaccionaba mal al momento de aplicar el medicamento, la anestesia, entre otros.

En todo el proceso de recuperación, estuvo en la casa de su abuela materna, ella fue quien la acompañó, su abuelo, su tía y una French Poodle llamada Burbuja. “Apenas Burbuja veía que le iba a llevar algo a la niña se venía tras de mí sólo por ir a colocar el hocico en la cama para que ella la consintiera”, comenta doña Eva.

A sus 9 años, durante una clase de Educación Física, a su profesor de ese momento se le ocurrió llevarlos a conocer uno de los parques más importantes de Chiquinquirá llamado Parque Juan Pablo II, una maravilla de lugar para los niños de esa edad, lleno de árboles, pasto y algunos parques para jugar. Sin pensarlo dos veces Valentina y una amiga de ese momento salieron a correr por todo el sector, fueron a jugar en los columpios y el rodadero hasta que se les ocurrió jugar a las cogidas.

Valentina no es que fuera muy alta, era su primera vez en ese parque, quería ganar jugando y salió a correr, pero, como no sabía que en el pasto o este tipo de piso hay huecos, se le fue el pie en uno de estos y casi no puede salir de ahí. El pie se le dobló tanto que no podía caminar, su profesor tuvo que llevarla alzada hasta el colegio e intentó hacer algunas terapias en la enfermería pero no podía si quiera mover la pierna del dolor tan horrible que sentía. “Cuando llegué al colegio por la niña no la encontré, fue muy raro porque ella siempre acostumbraba a esperarme sentada en las gradas del colegio y cuando le pregunté a algunas de las profesoras, me comenta que vaya a la enfermería que mi hija tuvo un esguince… ¡Oh por Dios! ese piecito lo tenía casi fracturado, todo el tobillo le había quedado en la parte derecha, estaba morado y hacia adentro. La alcé camino a casa para que descansara un poco y en la tarde la llevé al médico dónde le enyesaron el pie”, comenta su padre.

“Recuerdo que me ilusioné muy feo, el médico literalmente me dijo que después de usar yeso volvería a caminar normalmente como antes, pero en realidad fue que me lo quitó y me asusté de ver el pie seco, blanco y todavía hinchado no como antes pero aún me dolía, comencé a llorar porque creí que no volvería a caminar en mi vida. Hasta que me llevaron a un sobandero en Saboyá que me intentó ajustar el pie fue muy doloroso, no pudo ajustármelo y días después me llevaron dónde otro señor que sí me lo ajustó y pude volver a caminar, lo más triste es que meses después el señor falleció”, explica Valentina.

 El divorcio

“Desde muy pequeña estaba 100% metida en la casa de mis abuelos, crecí con ellos, son mis papás, viví con ellos, dormía con ellos, eso es algo que no se me olvidará por el resto de mi vida, gracias a ellos aprendí muchas cosas, modales, valores, me enseñaron a ser una mejor persona y me daban lo que mis papás biológicos no, me consentían demasiado, siempre han estado para mí. Por eso cuando mi abuelito falleció en el 2016 fue como si mi papá se hubiese ido…”

Valentina tenía entre 11-12 años cuando sus padres se divorciaron, ya estaba su hermanita Martina con 6 años. “Lo mejor que nos pasó fue que vivíamos con mis abuelitos, pero tenía que visitar al psicólogo constantemente, aunque no me dolía tanto, comencé a comprender que todo en la vida tiene un inicio y un fin, mi mamá, quizá mi hermanita ya estaba mal e hice lo posible por ocultar lo que sentía en algunas ocasiones. También mi etapa de perdón, pues si mi papá quiso estar con alguien más tampoco era su culpa pero pudo ser más empático con mi mamá”.

Todo ese tiempo le ayudó a Valentina para aprender algunas cosas a cerca de ella, potencializó un poco más su interés por el arte, el dibujo y la danza.“Valentina me hizo una caja que aún conservo” comenta su abuela Eva. Así es Valentina, siempre viendo el lado bueno de las cosas, una persona que en medio de las tristezas intenta ser una persona feliz, alegra y contagiar de colores y vida a sus seres más importantes.

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