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Vida silenciada

"Cuando mi mamá murió él sufrió mucho, y desgraciadamente se metió en las drogas cuando tenía 20 años. Luego se puso muy flaco y estuvo por varios meses en una fundación de Medellín en tratamiento, pero no funcionó".

Por: Marcela Botina Naranjo

Jaime Castillo Peña murió el 12 de agosto de 2008 a manos de las Fuerzas Militares; fue presentado como un miembro de bandas criminales abatido en combate. Pero esto no tenía sentido para su familia, pues junto a él se encontraron varios jóvenes muertos sin explicación alguna. Tras buscar la justicia por una muerte injustificada, y no encontrar respuestas, su familia se unió para dar con los responsables de la desaparición y muerte de su ser querido.

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Mauricio Castillo, hermano de Jaime, convivía la mayoría del tiempo con él: “Jaime tenía 42 años, no tenía esposa, ni hijos. Cuando mi mamá murió él sufrió mucho, y desgraciadamente se metió en las drogas cuando tenía 20 años. Luego se puso muy flaco y estuvo por varios meses en una fundación de Medellín en tratamiento, pero no funcionó. Sin embargo, todos como familia lo apoyamos y nunca lo dejamos solo”.

Su hermana Jacqueline Castillo lo recuerda como una persona muy amorosa: “Mi hermano, a raíz de la muerte de mi mamá sufrió mucho: nos volvimos más cercanos y nos preocupábamos el uno por el otro. Estaba muy pendiente de mis hijos, y recuerdo que le gustaba dibujar, y por eso les regalaba cuadros a mis muchachos. Cuando llegó de Medellín de la rehabilitación se puso a vender dulces y a limpiar vidrios en los semáforos. Cuando yo salía de trabajar, el bus pasaba por donde él estaba y cuando lo veía me bajaba y le preguntaba cómo estaba. A veces lo invitaba almorzar o le dejaba plata para la comida.  Mi hermano no terminó sus estudios, pero luchaba para tener su plata. A veces le ayudaba a mi hermano Mauricio en el taller que tenía en álamos, y le gustaba pasar tiempo en el 20 de Julio. Compraba su ropa y se peluqueaba con una vecina que le hacía el corte: la última vez que fue le dijo a doña Chela que lo rapara, que lo dejara calvo, y que si no lo volvía a ver era porque lo habían matado, y así fue: dos días después Jaime desapareció”.

Gloria Castillo, recuerda aquel 10 de agosto cuando vio por última vez a su hermano: “A Jaime le gustaba pasar tiempo por aquí en el 20 de Julio, se dejaba cortar el pelo solo de una persona, doña Chela, ese día solo vino a cortarse el pelo, y se fue para álamos donde vivía con mi hermano Mauricio. Dos días antes que desapareciera, mi sobrino recibió una llamada: le pedían que le contara a mi hermana Jacqueline que se comunicara urgente con la policía, fue una llamada muy extraña. Cuando ella llegó devolvió la llamada al número y le dijeron que fuera al CAI de álamos, que Jaime estaba ahí, porque supuestamente le había robado el celular a un niño. Como nosotras vivimos en San Cristóbal, en el 20 de Julio, llamamos a Mauricio y le dijimos que fuera a buscarlo, pero cuando llegó ya no estaba. Lo único que dijo el policía era que iban a matar a Jaime si no se escondía. En la noche Jaime llegó como si nada: se bañó y se cambió de ropa sin decir una sola palabra”. 

“Desde el día cuando desapareció, no nos imaginamos que le hubiera pasado algo malo. Una de mis cuñadas dijo que lo había visto en el barrio con unos tipos dentro de un carro, pero era muy raro porque él no era de muchas amistades. Por el tiempo de la desaparición de mi hermano, empezó a salir en las noticias información sobre unos jóvenes de Soacha que habían encontrado muertos; no relacionábamos lo de mi hermano con eso, porque nosotros vivíamos en Bogotá. Una semana después todavía no teníamos noticias de mi hermano, pero recibimos una llamada del CTI y fuimos a medicina legal donde tenían unos cuerpos sin identificación: ninguno era el suyo.  Pasaron dos meses de la desaparición de Jaime, íbamos a la Fiscalía, al CTI, al CAI donde lo retuvieron, pero no encontrábamos registros suyos, y fue entonces cuando empezamos a notar las cosas más extrañas”. 

“El 5 de octubre recibimos otra llamada del CTI: nos informaron que habían encontrado unos cuerpos en Ocaña Santander, tenían fotografías, y por la descripción, la descripción de uno de los cuerpos coincidía con el de Jaime. Cuando llegamos vimos las fotos. No lo podíamos creer: sí, era Jaime. En ese momento recordé cuando el policía del CAI le dijo a mi hermano Mauricio que iban a matar a Jaime, y cuando doña Chela escuchó decir de Jaime que, si no lo volvía a ver, era porque lo habían matado”. 

“Mi hermano nunca tuvo problemas con la Policía, por eso fue muy extraño que cuando nos llamaron del CAI nos dijeron que había participado en un robo, y más raro que cuando fuimos en busca de respuestas a raíz de su desaparición, no se haya encontrado registro alguno que había estado allí. Nos fuimos a Ocaña para identificar el cuerpo de mi hermano: recuerdo que había como cuatro o cinco cuerpos en un hueco, uno encima del otro, ni siquiera estaban en un cementerio o en la morgue. Fue muy difícil ver así a mi hermano: tenía la misma ropa del día cuando desapareció, untada de sangre y sostenía una pistola en la mano”. 

“Cuando fuimos a identificar el cuerpo empezaron una lucha y un corre corre por traer el cuerpo a Bogotá: no contábamos con el apoyo de nadie, no teníamos plata; mi hermana Jacqueline logró contactarse con la Alcaldía de Bogotá donde nos prometieron ayudarnos, pero después de una semana no pasó nada, así que empezamos a vender y a empeñar las cosas que teníamos para reunir la plata y traerlo. Finalmente le dimos cristiana sepultura el 18 de octubre en el Cementerio Jardines del Paraíso”.  

“Fue y sigue siendo un proceso muy difícil: estamos en busca de justicia para que los responsables de la muerte de mi hermano Jaime, y de todas las víctimas, paguen por la forma tan cruel como murieron, y por no tener apoyo ni respuestas por parte del Gobierno Nacional”.La pérdida de mi hermano en esas circunstancias ha sido muy difícil de asimilar para toda la familia. Poco a poco lo hemos venido superando, han sido más de diez años de lucha por la justicia. Todos los días junto a las mamitas de Soacha, víctimas de Falsos Positivos, nos preparamos para las audiencias. Allí nos encontramos frente a frente con algunos de los detenidos por este caso, y uno tiene que estar siempre preparado para lo que sea. Como familia y yo como Jaqueline Castillo, representante de todas las víctimas, no voy a descansar hasta tener respuestas justas y hasta dar con todos los responsables de estas muertes: es muy difícil, porque ante estos temas siempre hay quienes buscan tomar represalias, pero mi hermano no era ningún guerrillero para que le quitaran la vida de esa manera”.

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