Centro Internacional de Bogotá, en una linda imagen tomada de Marca País Colombia

Bogotá está en un escenario positivo y negativo, en la columna Blabladurías, de Nubia Camacho Bustos, publicada por El Tiempo.

¿Se ha puesto usted a pensar qué le gusta y qué no le gusta de la ciudad donde vive? Mi ciudad es Bogotá, la capital de Colombia, la de los 8 o 9 millones de habitantes, la de los huecos y los sitios in, la de los brazos abiertos, la de la multiplicación de las motos y los 392 kilómetros de ciclorrutas, la del sol veraniego y los aguaceros salvajes, la de Monserrate y Guadalupe, la de los trancones monumentales, la de la oferta cultural y el civismo embolatado…



Inicia la columna, como antecedente a una serie de positivos y negativos, que a su vez inspiraron un interesante diálogo en la cabina de Uniminuto Radio 1430 AM, en el espacio

 

Resaltamos aquí algunos apartes del texto escrito:

Me gusta que mi vecino de barrio saque a su mascota a pasear y a hacer sus necesidades. Pero no me gusta que lleve la bolsita de “pantalla”, se haga el loco y no recoja lo que hace su perrito.

Me gustan las mujeres audaces de mi ciudad, cada vez más dueñas de USV o vehículos grandes, manejando con destreza. No me gustan las que arriesgan su vida y las de los demás maquillándose mientras conducen.

Me gusta de Bogotá que cada vez más personas, sobre todo mujeres, se desplacen en bicicleta. Pero no me gusta que algunas de ellas (y ellos) crean que las normas de tránsito son exclusivas para los carros, que se sientan inimputables por ayudar al planeta y exentos de toda regla, y que, por lo mismo, pueden pasarse los semáforos en rojo cuando quieran.

Me gusta la opción de las motocicletas para hacerle el quite a los trancones. Pero no me gusta la manera temeraria como algunos de los motociclistas conducen: en zigzag, desafiantes y atravesándose.

Me gustan de Bogotá las ciclovías (soy usuaria de ellas). No me gustan los que creen que estos espacios son pistas de ciclismo o de patinaje, que hay que practicar la contrarreloj y andar volados, sin importarles que también la usan niños que apenas están aprendiendo a montar en bicicleta.

Apartes que se pueden leer en la columna completa publicada el 16 de febrero.