Por: Lorena Alejandra Bravo
Edición: RIZOMA
En los últimos años, nombres como BTS, BLACKPINK y EXO dejaron de ser desconocidos en América Latina. Sus canciones circulan en redes sociales, encuentros juveniles y competencias organizadas por fanáticos.
El género se consolidó gracias a plataformas digitales, estrategias globales de difusión y comunidades altamente conectadas. Un reportaje de BBC Culture señala que Corea del Sur impulsó parte de esta expansión mediante políticas culturales y estrategias de “poder blando”, con las que fortaleció su industria creativa y su influencia global.
Sin embargo, el fenómeno ya no se explica únicamente desde la música. Estudios recientes muestran que el K-pop transformó prácticas juveniles, relaciones sociales y formas de habitar espacios físicos y digitales.
El baile como espacio de encuentro
Una investigación sobre el tema fue publicada en 2025 por la antropóloga Grit Kirstin Koeltzsch en la revista Brazilian Journal of Latin American Studies. El estudio analizó comunidades de Argentina, Brasil, Ecuador y Venezuela.
La autora concluyó que el baile K-pop funciona como una práctica cotidiana de expresión corporal y construcción colectiva. Los encuentros, ensayos y coreografías crean vínculos sociales y narrativas compartidas entre jóvenes latinoamericanos.
La investigación describe estas dinámicas como “articulaciones socio-corporales”, formas de comunicación donde el cuerpo también transmite identidad, emociones y pertenencia.
Otros estudios sobre fandoms latinoamericanos señalan que muchos jóvenes combinan referencias coreanas con prácticas culturales locales, creando identidades híbridas que mezclan elementos globales y locales.
Esa apropiación aparece en plazas, centros comerciales, bazares y espacios públicos donde grupos juveniles practican coreografías y organizan eventos alrededor del género.

Redes sociales y cultura global
El crecimiento del K-pop tampoco puede entenderse sin internet. Plataformas como TikTok, YouTube e Instagram facilitaron la circulación global de canciones, bailes y comunidades digitales.
Una investigación publicada en 2026 por las universidades de Southern California y Hong Kong estudió el fenómeno del Random Play Dance, encuentros públicos donde fans bailan fragmentos de canciones coreanas en espacios urbanos.
El estudio sostiene que estas prácticas transforman espacios cotidianos en escenarios culturales y colectivos. Aunque los vídeos se vuelven virales en redes sociales, la experiencia ocurre primero en el espacio físico, mediante interacción, coordinación y presencia corporal.
Los investigadores también concluyen que los fandoms realizan un trabajo colectivo poco visible: organizan eventos, negocian espacios y producen contenido digital para mantener activas sus comunidades.
Según Luis Carlos Rodríguez, comunicador social y periodista, el fenómeno no puede entenderse sin los nuevos hábitos digitales.
“El idioma ya no imposibilita la difusión porque existen traductores en línea”, explica.
Rodríguez considera que las redes sociales facilitaron la expansión global del género y modificaron formas de interacción juvenil.
También advierte que el fenómeno plantea preguntas sobre consumo cultural e identidad local. Desde su perspectiva, resulta importante analizar cómo las industrias culturales influyen en las prácticas juveniles latinoamericanas.
El vínculo emocional con los fandoms
La psicóloga Laura Carolina Forero relaciona el éxito del K-pop con la necesidad de pertenencia durante la adolescencia y la juventud.
Según explica, muchos seguidores encuentran en los fandoms espacios seguros para compartir intereses, emociones y experiencias personales.
“Al compartir gustos se crea comunidad. Las personas adoptan elementos comunes en el vestir, actuar y comportarse”, afirma.
Forero también destaca el papel emocional de las comunidades digitales. Participar en eventos, intercambiar contenido y mantener vínculos con otros fans fortalece la identidad grupal.
Sin embargo, advierte riesgos cuando aparece una idealización excesiva de artistas o comunidades.
“Es importante no perder el sentido de realidad ni desconectarse del propio proyecto de vida”, señala.
Una cultura juvenil que sigue creciendo
El impacto del K-pop en Latinoamérica ya supera la idea de una moda pasajera. El fenómeno transformó la manera en que muchos jóvenes consumen cultura, construyen comunidad y expresan su identidad.
Muchos seguidores comenzaron a interesarse por el idioma coreano, la gastronomía asiática y la cultura urbana sur-coreana. Otros encontraron espacios de amistad y reconocimiento dentro de comunidades digitales.
Además, el fenómeno continúa creciendo fuera de internet. Un reportaje publicado por The Guardian en 2026 señala que la cultura coreana ganó presencia en espacios públicos, festivales y dinámicas culturales de distintos países latinoamericanos.
Especialistas coinciden en la necesidad de mantener pensamiento crítico frente al consumo cultural y las dinámicas de idealización.
Aun así, el K-pop continúa creciendo como un espacio donde miles de jóvenes latinoamericanos comparten intereses, emociones y nuevas formas de participación cultural.
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