Foto: Banksy

Por: Ángela Espinosa y Andrea Bohórquez

Es la mayor forma de empleo para las mujeres en Colombia. Sin embargo, esta importante fuerza de trabajo, contrario a lo que debería ser, continúa siendo invisibilizada y estigmatizada, desde los discursos provenientes del hogar, pasando incluso por los feminismos, hasta llegar a las evidentes injusticias laborales, a las que se ven sometidas las trabajadoras domésticas del país.

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Desde las Voces en Movimiento, estuvimos conversado el pasado jueves seis de diciembre, con el Sindicato de Trabajadoras Domésticas e Independientes (SINTRAHIN). A través de la voz de Ana Salamanca y Martha Pinilla, dos de sus lideresas, abrimos la discusión sobre la situación actual del trabajo doméstico en Colombia.

Históricamente el trabajo doméstico ha sido considerado como una labor indeseable. Desde los discursos de crianza en los hogares colombianos, son naturales expresiones peyorativas frente al trabajo doméstico, desconociendo que este ha sido el pilar de crianza de hombres y mujeres, que a través de la fuerza de trabajo, de abuelas, madres, tías, hermanas; y en general mujeres que en su rol de amas de casa, han sido protagonistas para el cumplimiento de objetivos de personas en el sector académico, empresarial, laboral y personal. Sin ningún reconocimiento económico, claro está.

Para quienes han ejercido el trabajo doméstico como forma de sustento, el panorama no es más alentador. Pese a la firma del Convenio 189 de la OIT que reconoce las labores domésticas como una forma de trabajo, y la firma de los decretos 721 de 2013 y 2616 del mismo año, en donde obligan a los empleadores a pagarles a las trabajadoras domésticas Caja de Compensación y Salud; además de la ley 1788 que les concede el pago de la prima, la realidad laboral de estas mujeres sigue siendo precaria.

En la práctica esta normatividad no se cumple, debido a la falta de conciencia de muchas trabajadoras domésticas que prefieren callar abusos, malos tratos y pésimas condiciones laborales, para preservar sus trabajos; y por el otro, los empleadores siguen aprovechando este desconocimiento para no reconocerles salarios dignos (el 70.7% de las trabajadoras domésticas en Colombia tienen un salario mensual por debajo del mínimo legal vigente), el pago de su seguridad social, horas extras y prima legal. Aunado a lo anterior, el Ministerio de Trabajo se ha quedado corto en las inspecciones y controles para garantizar que los derechos de las trabajadoras domésticas se cumplan.

Adicionalmente, este trabajo se ejecuta en una jornada promedio de diez horas laborales (dos por encima de lo legal), no tiene claridades en materia del Sistema de Salud y Seguridad en el Trabajo, por lo cual la tasa de enfermedades laborales en las trabajadoras domésticas es creciente, ni cuenta tampoco con un esquema de manuales de funciones, que permita el viraje del trabajo doméstico de una labor netamente empírica, a mano de obra tecnificada y calificada.

Otro de los fenómenos crecientes dentro del trabajo doméstico, es el trabajo al destajo o por días. Esta modalidad, pone en una condición de precarización laboral adicional a las trabajadoras domésticas, pues al laborar con diferentes empleadores, se hace imposible la afiliación al Sistema de Riesgos Profesionales o ARL y mucho menos al Sistema Pensional por parte de ellas, pues el procedimiento mismo, implica la firma de un contrato y el respaldo de un único empleador (a).

En materia de formulación de política pública, las trabajadoras domésticas también han empezado a quedarse por fuera de la discusión. Al incorporar al trabajo doméstico dentro de la Política del Cuidado, este quedaría agrupado dentro de lo que respecta al cuidado de pacientes crónicos, en condición de discapacidad, adultos y adultas mayores, entre otras poblaciones; lo que en la práctica, invisibilizaría aún más su labor, restándole legitimidad a la lucha por la dignificación de las condiciones laborales, que las trabajadoras domésticas han debido librar en el país.

Al respecto, tanto Ana Salamanca como Martha Pinilla, coinciden en un sentimiento de rechazo por parte del movimiento feminista, representado en las mesas de trabajo en instituciones como Secretaría de la Mujer, foros y encuentros de tipo académico. Escenarios en los que ellas siguen siendo una voz invisibilizada, debido a su escasa formación académica, o al espacio mismo que la lucha de clases les ha asignado en la sociedad.

Según palabras de Andrea Parra, una de las integrantes del equipo de mujer y género de Voces en Movimiento, el plano de las luchas sociales debe ser anti-clasista, antirracista, anti-homofóbico, anti-patriarcal y antifascista. Por tanto, instamos a quienes se asumen en los escenarios de formulación de política pública, y en escenarios decisorios sobre la vida laboral de las mujeres, desde la orilla del feminismo; a avanzar en la construcción de discursos asociativos, desde la sororidad, y sin perder de vista que el crudo neoliberalismo en el que vivimos, nos ha llevado a trasladar nuestros mas mezquinos prejuicios, incluso dentro de la lucha social.

También invitamos a nuestros y nuestras oyentes a resignificar el trabajo doméstico desde los hogares, otorgándole el valor que merece, al cuidado que recibimos de las amas de casa, que con esfuerzo, dedicación y entrega, han posibilitado el cumplimiento de muchos objetivos de quienes integramos la sociedad colombiana.

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