Papa Francisco visita a su predecesor, el papa emérito, Benedicto XVI, en un monasterio del Vaticano. Foto tomada el 21 de diciembre de 2018. Media Vatican.

La Biblia considera la longevidad una bendición de Dios; en occidente, este es el siglo del envejecimiento, y acerca del tema la iglesia “no puede y no quiere conformarse a una mentalidad de intolerancia, y mucho menos de indiferencia y desprecio, respecto a la vejez”.

Francisco recordó que Benedicto XVI, al visitar una casa para ancianos, usó palabras claras y proféticas: «La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común» (12 de noviembre de 2012).

La iglesia ve la civilización que descarta al anciano como una “sociedad que lleva consigo el virus de la muerte”, desplegando “actitudes de abandono que son una auténtica eutanasia a escondidas”; una sociedad “demasiado atareada, demasiado ocupada, demasiado distraída, una sociedad que mide su «paso» precisamente en estas personas”. En la franja de esa edad el papa percibe que nos movemos en una civilización que no nos permite participar, ni ser referentes según el modelo de consumo donde “sólo los jóvenes pueden ser útiles y pueden gozar”.

¿Hay sitio para el anciano? ¿Se presta atención al anciano en una civilización? Algunos dependen de tratamientos indispensables y de la atención de los demás. ¿Daremos por esto un paso hacia atrás? ¿Los abandonaremos a su destino?, pregunta la iglesia.

“El anciano no es un enemigo. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente de todos modos”, enseñan el jerarca de iglesia.

Francisco y Benedicto XVI han comparado a los ancianos a árboles vivos, “que también en la vejez no dejan de dar fruto”; a una vocación en la que el capitán piensa que “no es aún el momento de «abandonar los remos en la barca>>; a un libro abierto, “en el que las jóvenes generaciones pueden encontrar preciosas indicaciones para el camino de la vida”.  El anciano es “como un valor para la sociedad, es un tiempo de gracia, en el que el Señor nos renueva su llamado: nos llama a custodiar y transmitir la fe, nos llama a orar, especialmente a interceder; nos llama a estar cerca de quien tiene necesidad. Necesitamos ante todo ancianos que recen, porque la vejez se nos dio para esto”.

¿Los ancianos deben estar en casa o en asilos? “Dichosas esas familias que tienen a los abuelos cerca”, aunque “no siempre el anciano tiene una familia que puede acogerlo. Y entonces bienvenidos los hogares para los ancianos… con tal de que sean verdaderos hogares, y ¡no prisiones! ¡Y que sean para los ancianos, y no para los intereses de otro! No debe de haber institutos donde los ancianos vivan olvidados, como escondidos, descuidados”. (Francisco 28/09/2014, 4/03/2015, 11/03/2015).

S. Juan Pablo II, quien profesaba una “cultura de una ancianidad acogida y valorada, no relegada al margen”, refiriéndose al gran respeto que en el pasado se tenía por los ancianos, recordó al poeta griego Focílides que sentenció “Respeta el cabello blanco: ten con el anciano sabio la misma consideración que tienes con tu padre” (Carta a los ancianos,1/10/1999).