Imagen tomada de https://cualia.es/critica-1917-sam-mendes-2019/

Por: Daniel Rojas Chia

El espectador se encuentra desde el primer instante de la cinta en un plano secuencia perpetuo que entrelaza los sentidos e invita a quien lo ve, a ser parte casi en tiempo real, de la misma historia. Es apropiado que la cinta inicie en un momento apacible y desde allí entre más avanza la historia, es más posible sumergirse en su trama.



El director inglés Sam Mendes nos adentra de a poco, gracias a un maravilloso manejo de cámara, en las dificultades de dos soldados británicos encargados de dejar un mensaje en la retirada alemana a la Línea Hindenburg durante la Operación ‘Alberich’ en 1917.

Este mensaje es especialmente importante para uno de los jóvenes soldados, ya que su hermano participa en el ataque pendiente que podría salvar más de 1.600 vidas.

Es una puesta en escena impecable por parte del director de fotografía Roger Deakins y una ambientación, vestuario y producción, que sustentan sus 10 nominaciones a los premios Oscar, y que le permite al espectador una alta dosis de credibilidad sobre la película filmada en Escocia e Inglaterra, que representa uno de los capítulos más lamentables de la historia universal moderna.

Desde antes de iniciar la filmación, era claro que la película se desarrollaría en una sola gran toma. Gracias a ello, el espectador comparte más de cerca, los angustiosos momentos y lo tortuoso del camino de estos dos soldados en el cumplimiento de su misión.

Mientras la historia se desarrolla en paisajes desoladores, la muerte y olvido, dejan su huella en la tierra donde el enemigo espera tras las líneas de defensa. Los soldados, Schofield y Blake hacen que el espectador sea un integrante más en este grupo que intenta sobreponerse a los obstáculos que se redefinen en todos los aspectos que la guerra causa en la humanidad y que se transforma de maneras siniestras, inesperadas, y en ocasiones de formas esperanzadoras.

El director propicia profundas reflexiones alrededor de lo que representa la guerra, así como sobre las emociones que encierra un acontecimiento librado por millones de personas, haciendo de estas batallas mundiales, una lección para las próximas generaciones, puesto que millones murieron en el campo y como nos muestra la película y como en la mayoría de las guerras, sus principales protagonistas y actores, no tienen idea de porqué están allí.

Cortesía Universal Pictures

En el transcurso de su camino, los soldados británicos, Schofield y Blake, encuentran que la ocupación alemana en las trincheras al otro lado de la línea de batalla, fue dejada atrás por las fuerzas alemanas. Al entrar en las barracas, entre los túneles, en una trinchera alemana, había una fotografía que mostraba los deseos del enemigo’ por llegar a casa.

En la cinta hay muchos aspectos que vale la pena resaltar, desde su inicio intenta romper con estándares tradicionales en el género bélico-histórico, que películas como “Dunkerque” de Christopher Nolan del 2017 intentan recrear de manera diferente.   

La película muestra la crueldad de la guerra, representada en el ciego impulso de los soldados cuando Blake, un personaje de perfil compasivo y batallador genera inmediato aprecio, logrando que sea aún más impactante la idea de que muera, solo por tener un poco de humanidad dentro de la mayor guerra, hasta ese momento conocida.

La violencia puede opacar virtudes humanas, pero también hace florecer aspectos como la compasión y la amistad, eso nos muestra la escena dentro de un camión del ejército británico, donde uno de sus comandantes advierte que la guerra tiene adeptos y ellos no tienen intención de detener la sangre.

Cortesía Universal Pictures

Luego de grandes momentos de tensión, la historia propone un segundo aire para lo que viene, llevando al espectador a no abandonar el filo de su asiento. El director, Sam Mendes, continúa mostrando diferentes aspectos de la guerra como la esperanza, que se recrea luego de uno de los hechos más violentos que desarrolla su protagonista, para luego contradecirse con el símbolo frágil y esperanzador por excelencia de la humanidad.   

Como en toda la película, el director nos adentra hábilmente como si fuéramos un personaje gracias al manejo de cámaras que hace imaginarnos que siempre hemos estado allí, corriendo, escapando y luchando por una idea en común. Pero todo esto no podría ensamblarse sin un aspecto muy importante y que es clave en la narración visual de la película, como lo es la música.

El reconocido compositor alemán Hans Zimmer nos adentra a la atención de la guerra en 1917 luego de lograr piezas impactantes en películas con millonarias taquillas como lo fue The Dark Knight en el 2009, El código Da Vinci en el 2006 o Interestelar del 2014, entre muchas otras.

La tensión, acompañada de una sensación de inseguridad que propone la música de Zimmer para esta película, corrobora en un aspecto más, la calidad del largometraje.

La asombrosa técnica de la cámara en el plano secuencia infinito hace que 1917 no sea una película más sobre las guerras mundiales y en vez de es, se proyecta como un clásico de la de década donde ese tipo de narración visual como la desarrolló Alejandro Gonzalez Iñarritu con Birdman (2014), tanto que por momentos daba la sensación de inexistencia de la cámara, adentrando aún más al espectador en la linea narrativa.

A pesar que 1917 goza de una producción, donde el desarrollo cinematográfico encontró tanto reconocimiento, la historia carece de un peso dramático, más allá que la del esfuerzo en la realización de planos tan largos que empalma hábilmente el talentoso editor de la película. La trama que envuelve el sentimiento de Blake por querer salvar a su hermano, también hace evidente la carnicería en la que la guerra convierte a los soldados rasos, a aquellos sin rango que sirven como punta de lanza para justificar una victoria o cuestionar al enemigo de su falta de humanidad cuando es la guerra misma y quienes la promueven, el escenario y la sangre del poder en la historia.

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